Llegaron a Salerno a las cinco de la mañana. Cansados por el viaje, escucharon la mala noticia: no tendrían habitación hasta el mediodía. Dejaron las valijas y salieron a respirar el aire del amanecer en la pequeña ciudad. En realidad desfallecían de sueño y cansancio después de un largo viaje en tren y sin haber cenado. Salerno estaba desierta. Apenas un hombre mayor trotando por la costanera y un empleado que pinchaba a desgano hojas y papeles caídos en el césped. Caminaron unas cuadras hasta que encontraron un barcito que acababa de abrir sus puertas. Se sentaron en una mesa, en la calle. Pidieron dos cafés con leche y decidieron dejar que el tiempo transcurriese con un objetivo: volver al hotel y dormir. Lo consiguieron cerca de la diez de la mañana. El conserje se apiadó de ellos y les ofreció un cuarto hasta que estuviese dispuesto el definitivo. Entraron a la pieza y se acercaron a un gran ventanal. Desde ese cuarto piso pudieron ver Salerno en perspectiva, la costanera, el mar calmo, el parque que se extendía hasta perderse de vista. Finalmente cedieron al agotamiento. Se tiraron en la cama matrimonial y durmieron hasta que el teléfono los desperttó. Ya estaba dispuesta la habitación que les correspondía. Descansados, se sintieron en condiciones de empezar el recorrido por esa especie de antesala de Nápoles los siguientes tres días.
Nosotros
sábado, marzo 10, 2007
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