domingo, marzo 29, 2009

La vejez según Borges

Elogio de la sombra
La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha. El animal ha muerto o casi ha muerto. Quedan el hombre y su alma. Vivo entre formas luminosas y vagas que no son aún la tiniebla. Buenos Aires, que antes se desgarraba en arrabales hacia la llanura incesante, ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro, las borrosas calles del Once y las precarias casas viejas que aún llamamos el Sur. Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas; Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar; el tiempo ha sido mi Demócrito. Esta penumbra es lenta y no duele; fluye por un manso declive y se parece a la eternidad. Mis amigos no tienen cara, las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años, las esquinas pueden ser otras, no hay letras en las páginas de los libros. Todo esto debería atemorizarme, pero es una dulzura, un regreso. De las generaciones de los textos que hay en la tierra sólo habré leído unos pocos, los que sigo leyendo en la memoria, leyendo y transformando. Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte, convergen los caminos que me han traído a mi secreto centro. Esos caminos fueron ecos y pasos, mujeres, hombres, agonías, resurrecciones, días y noches, entresueños y sueños, cada ínfimo instante del ayer y de los ayeres del mundo, la firme espada del danés y la luna del persa, los actos de los muertos, el compartido amor, las palabras, Emerson y la nieve y tantas cosas. Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro, a mi álgebra y mi clave, a mi espejo. Pronto sabré quién soy.
Poema de Jorge Luis Borges (1969)
nosotros

sábado, marzo 14, 2009

Cómo hablamos los argentinos

El periodista Carlos Ulanovsky publicó el libro "Los argentinos por la boca mueren" (Planeta) en 1993. Es un divertido análisis del lenguaje que usamos los argentinos. Aqui va una muestra de su actualidad a dieciseis años de su aparición. En la Argentina de hoy hasta la mínima demostración de interes por el prójimo perdió candor y trivialidad. Las posibles respuestas convencionales a una de las preguntas más inocentes -¿cómo te va?- vienen cargadas de intención, escepticismo o ironía. El adverbio de aprobación y asentimiento "bien" perdió su peso específico. Su simple y sencilla mención no resulta verosímil y entonces se lo carga de aclaraciones. La prueba está en estos diálogos y respuestas escuchadas al pasar. Diálogo 1 -¿Cómo estás? -Bien...buehhh, bien es un decir. Con todo esto que pasa ¿quién puede estar bien? Diálogo 2 -¿Cómo te va? -A mi bien, pero el país no acompaña. Diálogo 3 -¿Qué hacés? -Bien -!Fanfarrón! (O si no: ¿Me firmás un autógrafo?) Diálogo 4 -¿Cómo andan tus cosas? -Mal, pero acostumbrado Ulanovsky va más allá y encuentra otra serie de reflexiones sobre esa simple pregunta que alguna vez se contestó con un sencillo "bien" sin que sonara a delito. Veamos.

(...) lo que se hace es agudizar el ingenio para encontrar respuestas a la crisis: "Mejor...mejor no hablar"; "De éxito en éxito"; "Y...dentro de la extrema humildad del conjunto"; "Ahi ando, pateando cadáveres"; "No es fácil lo mio". Pero entre todas las respuestas hay una que ya cobró carécter de clásico: "Bien...¿o querés que te cuente?". La salida admite -como se dice ahora- dos lecturas. La primera es que a casi nadie le va bien y la segunda es que nadie quiere escuchar que le cuenten. Porque se le teme a la pálida y a quedarse pegado a ella y porque tampoco hay tiempo para ocuparse de los demás. nosotros

domingo, marzo 01, 2009

La Alhambra

Cúpula de mocárabes en la sala de las Dos Hermanas.
Para el viajero imbuído de un sentimiento por lo histórico y lo poético, tan inseparablemente entremezclado en los anales de la romántica España, la Alhambra es un objeto de tanta veneración como la Caaba para todo verdadero musulmán.
(...)En tiempo de los moros, la fortaleza era capaz de albergar en su recinto externo un ejército de cuarenta mil hombres y sirvió a veces como valuarte de los soberanos contra los rebeldes súbditos. Una vez que el reino pasó a mano de los cristianos, la Alhambra continuó siendo patrimonio real y en ocasiones la habitaron los monárcas castellanos.
Parte de uno de los relatos del libro Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving escrito a comienzo del siglo XVIII.
nosotros