Así se llama este hermoso poema que recuerda a uno de los más grandes de la historia del fútbol.
Otro grande le puso mùsica: Alfredo Zitarrosa.
Lo lleva atado al pie, como una luna atado al flanco de un jinete.
Lo juega sin saber que juega el sentimiento de una muchedumbre
y le pega tan suave, tan corto, tan bello
el balón es palomo de comba en el vuelo
y lo toca tan justo, tan leve, tan quedo
que lo limpia de barro y lo cuelga del cielo.
Y se estremece la gente. Y lo ovaciona la gente.
Lo lleva unido al pie como un equilibrista unido va a la muerte
lo esconde, no se ve, le infunde magia y vida y luego lo devuelve
y se escapa, lo engaña, lo deja, lo quiere
y el balón lo persigue, lo cela, lo hiere
y se juntan, y danzan, y grita la gente
y se abrazan, y danzan, y ruedan por entre las redes.
Y se estremece la gente. Y lo ovaciona la gente.
¿Quién se llevó, de pronto, la multitud?
¿Quién le robó, de pronto, la juventud?
¿Quién le quitó, de un golpe, el hechizo mágico del balón?
¿Quién le entregó en la sombra la pierna, el flanco y el corazón?
¿Quién le llenó su copa en la soledad?
¿Quién lo empujó de golpe a la realidad?
¿Quién lo volvió al suburbio penoso y turbio de la niñez?
¿Quién le gritó en la cara "usted no es nada, ya no es usted"?
El último balón lo para con el pecho y junto al pie lo duerme.
Lo mira y solo ve cenizas del amor que estremeció a la gente.
Y lo pierde en la hierba, lo deja, lo olvida.
No lo quiere, le teme, no puede, no atina.
Y se siente de nuevo encerrado en la vida
y el balón se le ecapa entre insultos y risas.
Y se enfurece la gente. Y lo abuchea la gente.
Autor: Manuel Picón
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