El tranvia ecológico se desliza silencioso por la plaza mayor de Bilbao. Es medianoche pero hace apenas dos horas que el sol dejó de iluminar la ciudad. Sus dos vagones reptan de punta a punta de la capital vasca. En cada parada, una máquina permite que el pasajero saque su boleto para ese único viaje, para todo el día o para transportarse hasta los siguientes cinco días. Si el visitante tiene alguna dificultad, basta con apretar un botón para que la voz de un empleado dé las indicaciones de cómo sacar el ticket. Bilbao impacta por su primavera brillante, por el silencio de sus calles sin bocinazos ni frenadas. La corta el rio, a cuya vera el caminante pasea entre una plaza y el agua. Ese recorrido lleva al museo Guggenheim, una maravilla arquitectónica de piedra, vidrio y titanio. Ahi, la hipermodernidad; en la otra punta, la historia, la ciudad vieja, el Bilbao medieval plagado de barcitos, restaurantes y balconcitos en flor. Por esas callejuelas, siempre en redondo, siempre se termina llegando a la imponente catedral o a la bellísima plaza Unamuno. Sentarse allí a tomar una cerveza o un café es mágico y romántico como la misma ciudad.
lunes, octubre 10, 2005
Bilbao
El tranvia ecológico se desliza silencioso por la plaza mayor de Bilbao. Es medianoche pero hace apenas dos horas que el sol dejó de iluminar la ciudad. Sus dos vagones reptan de punta a punta de la capital vasca. En cada parada, una máquina permite que el pasajero saque su boleto para ese único viaje, para todo el día o para transportarse hasta los siguientes cinco días. Si el visitante tiene alguna dificultad, basta con apretar un botón para que la voz de un empleado dé las indicaciones de cómo sacar el ticket. Bilbao impacta por su primavera brillante, por el silencio de sus calles sin bocinazos ni frenadas. La corta el rio, a cuya vera el caminante pasea entre una plaza y el agua. Ese recorrido lleva al museo Guggenheim, una maravilla arquitectónica de piedra, vidrio y titanio. Ahi, la hipermodernidad; en la otra punta, la historia, la ciudad vieja, el Bilbao medieval plagado de barcitos, restaurantes y balconcitos en flor. Por esas callejuelas, siempre en redondo, siempre se termina llegando a la imponente catedral o a la bellísima plaza Unamuno. Sentarse allí a tomar una cerveza o un café es mágico y romántico como la misma ciudad.
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