sábado, enero 19, 2008

Vamos al cine

Vamos al cine. Falta muy poco para que empiece la película y decidimos tomar el ascensor. Cuando se abren sus puertas, la señora que entra primero, por no usar sus anteojos aprieta el botón del tercer subsuelo en lugar del primer piso. Nos ponemos un poco nerviosos. Finalmente llegamos a las boleterías. Nos encontramos con un pasillo hecho de cintas azules y palos metálicos que obligan a hacer la cola. Nos sentimos como vacas que van al matadero, pero asi son las cosas. El tiempo apremia. Hay mucha gente y es ahí cuando, mientras el tiempo corre, vemos a uno de esos tantos espectadores que creen que sacar la entrada es como acodarse en la barra de un bar para pedir algo de tomar mientras charla animadamente con el barman (en este caso el vendedor de entradas). El plomazo en cuestión ni siquiera sabe qué quiere ver. Empieza a preguntarle al empleado qué tal esta película, aquella otra o la que empieza dentro de dos horas. Pregunta cuáles son los asientos más cómodos, dónde puede comprar algo para comer, dónde están los baños. Cuando le informaron hasta qué tipo de grupo sanguíneo tiene, se va lo más pancho después de consumir cinco minutos para un trámite que normalmente dura uno. Ocupamos nuestras butacas. A los pocos minutos de iniciado el film (esos momentos centrales, en que se plantean detalles clave de la historia), una pareja, de esas que nunca faltan y que suelen llegar tarde siempre, aparecen en la oscuridad como fantasmas. Arriban cargados como si vinieran del supermercado, haciendo equilibrio con sus vasos de bebida (a veces frías, a veces tan calientes que uno tiembla de sólo pensar que ese líquido se derrame en nuestras piernas). En el mejor de los casos piden permiso tímidamente. Caminan en puntas de piés como Julio Bocca y uno exige al máximo músculos y articulaciones para poner los piés debajo del asiento con el doble propósito de evitar que nos pisen la uña encarnada o que uno de ellos (o los dos) terminen cayéndosenos encima con los baldes de gaseosa, café, papas fritas y chizitos, esos chizitos que hulen precisamente a piés sudorosos. Una vez que pasaron y se sentaron haciéndonos perder un tramo de diálogo, creemos que vamos a empezar a gozar plenamente de la función. Sin embargo... Volviendo al espectador del comienzo resulta que es de esos que hablará con su acompañante en voz alta mientras pasan avisos comerciales y el avance de próximas películas y que, una vez empezada la proyección, estará todo el tiempo cuchicheando comentarios como si él fuera el explicador oficial de la historia y su compañero/a padeciera de una suerte de retraso mental o ceguera temporal. Pero, además, el personaje se encargará de surtir de abundantes patadas al pobre espectador que se encuentra sentado inmediatamente frente a él ante cada momento emocionante del film. El pateado siempre tiene la esperanza de que serán apenas uno o dos puntapiés hasta que el agresor entienda que se trata de pura ficción. Pero no es asi. Absorto, enfrascado, envuelto en la historia como quien se envuelve en una sábana, se transforma en el héroe de la película. Si tal héroe es maltratado por sus enemigos, las patadas crecerán en intensidad y cantidad. Cuando la víctima de este proceder se da cuenta que asi no hay manera de concentrarse comenzará a ejercitar técnicas de persuasión. Una de ellas es levantar un brazo, arquearlo hacia atrás y dar unos golpecitos en el borde superior de su asiento, para que el imbécil cese inmediatamente. Pero como el fulano ya se ha transformado en Brad Pitt, entonces habrá que pasar al plan B: ejercitar las cervicales, llevar la mandíbula al hombro derecho o izquierdo (se recomienda alternar los giros para evitar una posible rotura de la cervis) haciéndole saber de nuestro disgusto. Imaginemos que se da cuenta del fastidio y finalmente descruza esas dos piernas larguísimas que terminan en sendos zapatones número 45. Pero como sigue muy nervioso, inicia la masticación obsesiva, casi fóbica, del gigantesco balde de pochoclos que tenía en sus manos su pareja. A partir de ese momento, no hay más golpes, han sido reemplazados por un crunch-crunch capaz de producirle estrés a un elefante. Cuando su estómago le indica que no puede recibir ni un pedacito más de maíz tostado, apela al inmenso vaso de Coca cola de su acompañante y sorbe el líquido como si estuviese dándole la última chupada a un mate, ese característico ¡jjjiiiup! que eriza los pelos. Cuando parece que ya agotó todos los recursos del típico espectador molesto, una luz se enciende a nuestras espaldas. Uno se sobresalta pensando que llegó la acomodadora con su linterna, pero no, se trata del mismo monstruo, que dejó abierto su celular y acaba de recibir un mensaje de texto que contestará nervioso y por lo tanto cometiendo errores de escritura que lo obligarán a pasarse cinco minutos para redactarlo mientras nosotros sentimos que alguien debería pedirle que apague ese velador insoportable. Y cuando lo hace, para recuperar el tramo de película que perdió, inmediatamente le pregunta a su acompañante qué pasó, cómo fue, quién mató a quién, por qué y cuándo, con lo cual se produce una animada charla murmurada e insoportable. Por suerte, todas las películas terminan en algún momento, con lo que también termina la situación. El sujeto ya no tiene necesidad de patear, cuchichear, explicarnos la psicología de los personajes, mordisquear pochoclo ni sorber líquidos ruidosamente. Pero, cuando se encienden las luces, nuestro querido y desconocido amigo, hace la última: se despide de nosotros dándonos un manotazo en la cabeza que nos deja, como si fuera poco, bien despeinados. Cuando pasan estas cosas, uno siente el deseo de alquilar un DVD y verlo en casa que es la manera más civilizada de evitar asesinar a alguien y terminar condenado a perpetua. Sin embargo, cuando lo hacemos, nos decimos que no hay nada que reemplace el cine, esa hermosa ceremonia de vestirse, salir y meterse durante dos horas en la oscuridad de una sala grande, junto a otros seres humanos, especialmente aquellos que se quedan quietos y no van a charlar ni a cenar. Cuando es asi, no hay nada como el cine.
nosotros

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