En el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires ( Malba) se está exponiendo una obra de un pintor argentino, el rosarino Fabian Marcaccio que recomendamos.
Nosotros fuimos por recomendación de Elizabeth (una queridísima persona).
Lo que más impresiona de la obra de Marcaccio es cómo transforma en historia un acontecimiento todavía tan vivo en la memoria de quienes tienen memoria (o han leíido sobre el tema). Y el tema es Ezeiza y la masacre que se produjo allí en 1973, al regreso de Perón al país. La obra mide treinta metros de largo y unos tres metros y medio de alto. Con fotos, pintura, acrílicos, telas, papeles y quién sabe qué otros materiales, el autor plasma una obra impactante. Uno se para frente a ella, la camina, la recorre, se acerca y se aleja y tiene la misma sensación que suelen producirnos aquellos cuadros de acontecimientos históricos nacionales (la Primera Junta, la jura de la Independencia, alguna batalla que cambió el destino del país). Y sin embargo, la distancia que nos separa del hecho es apenas de 32 años. Entre otras tantas cosas, esto habla de la velocidad con que nuestras mentes registran el devenir de los tiempos. Ya no hacen falta siglos para que algo sea historia. Los medios han colaborado para que lo succedido hace apenas meses pueda ser evocado como una cuasi historia y que tres décadas sean m´
as que suficientes para evocar un suceso como si se tratara de una prehistoria. Vayan a verlo. Los que tengan alrededor de 50 años sentirán encarnada la cercanía de lo que allí sucedió. Ni hablar de quienes estuvimos. Y a los más jóvenes, el modesto consejo de que se acerquen a la historia para conocerla hecha arte.
lunes, noviembre 14, 2005
El cuadro
En el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires ( Malba) se está exponiendo una obra de un pintor argentino, el rosarino Fabian Marcaccio que recomendamos.
Nosotros fuimos por recomendación de Elizabeth (una queridísima persona).
Lo que más impresiona de la obra de Marcaccio es cómo transforma en historia un acontecimiento todavía tan vivo en la memoria de quienes tienen memoria (o han leíido sobre el tema). Y el tema es Ezeiza y la masacre que se produjo allí en 1973, al regreso de Perón al país. La obra mide treinta metros de largo y unos tres metros y medio de alto. Con fotos, pintura, acrílicos, telas, papeles y quién sabe qué otros materiales, el autor plasma una obra impactante. Uno se para frente a ella, la camina, la recorre, se acerca y se aleja y tiene la misma sensación que suelen producirnos aquellos cuadros de acontecimientos históricos nacionales (la Primera Junta, la jura de la Independencia, alguna batalla que cambió el destino del país). Y sin embargo, la distancia que nos separa del hecho es apenas de 32 años. Entre otras tantas cosas, esto habla de la velocidad con que nuestras mentes registran el devenir de los tiempos. Ya no hacen falta siglos para que algo sea historia. Los medios han colaborado para que lo succedido hace apenas meses pueda ser evocado como una cuasi historia y que tres décadas sean m´
as que suficientes para evocar un suceso como si se tratara de una prehistoria. Vayan a verlo. Los que tengan alrededor de 50 años sentirán encarnada la cercanía de lo que allí sucedió. Ni hablar de quienes estuvimos. Y a los más jóvenes, el modesto consejo de que se acerquen a la historia para conocerla hecha arte.
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